Instalar tarima flotante es de los pocos trabajos de reforma que un aficionado con paciencia puede hacer bien sin haber tocado nunca una herramienta de obra. Es también uno de los que más se estropean por culpa de dos o tres pasos que parecen prescindibles y no lo son. He visto suelos preciosos abombarse en agosto porque alguien se saltó la junta de dilatación, y lamas que crujen a cada paso porque el aficionado no comprobó si la solera estaba nivelada. La diferencia entre un suelo que dura quince años y uno que hay que levantar al segundo verano está casi siempre en lo que pasa antes de colocar la primera lama.
Qué necesitas y cuánto cuesta de verdad
Para una habitación de unos 15 metros cuadrados vas a necesitar las lamas (la tarima laminada de gama media ronda los 12 a 25 euros el metro cuadrado en Leroy Merlin o Bricodepot, mientras que una tarima de madera maciza se dispara por encima de los 40), la lámina aislante o foam de espuma para poner debajo, los rodapiés a juego y las cuñas espaciadoras. Compra un 10 por ciento más de tarima de la que mide la estancia: entre los recortes y alguna lama defectuosa, ese margen se gasta solo. De herramientas, con un metro, un lápiz, una escuadra, un tirón, un taco de golpeo y una sierra de calar o un cúter resistente para el laminado tienes de sobra.
La solera manda: el paso que casi nadie comprueba
Antes de nada, coloca un nivel largo o una regla de aluminio sobre el suelo y muévela por toda la habitación. La tarima flotante tolera desniveles de hasta 2 o 3 milímetros por cada dos metros, no más. Si la regla baila y ves huecos por debajo, tienes un problema: o nivelas con una pasta autonivelante antes de empezar, o el suelo crujirá y las juntas se abrirán con el tiempo. Es un trabajo de medio día y unos 30 euros de producto, y te ahorra tener que levantarlo todo dentro de un año. No te lo saltes por prisa.
El montaje, paso a paso
Empieza dejando la tarima dentro de la habitación al menos 48 horas antes de colocarla, con los paquetes abiertos. La madera y el laminado se dilatan y contraen con la humedad y la temperatura de la casa, y si la colocas recién traída de la tienda, después se moverá bajo tus pies. En verano, con el calor de junio entrando por las ventanas, este detalle pesa todavía más.
Extiende la lámina de foam por toda la superficie, sin solaparla, uniendo las tiras con cinta. Coloca la primera fila contra la pared más recta y larga, siempre con las cuñas espaciadoras de 8 a 10 milímetros entre la lama y el muro. Esa separación es la famosa junta de dilatación, y es exactamente lo que evita que el suelo se abombe cuando la tarima crezca en los meses calurosos. Quedará oculta bajo el rodapié, así que nadie la verá, pero está haciendo el trabajo más importante de toda la instalación.
El truco de las juntas que delata al aficionado
Nunca alinees las juntas entre lamas de filas contiguas: queda feo y debilita el conjunto. Escalona los cortes de manera que la junta de una fila caiga al menos a 30 centímetros de la de la fila anterior. El recorte que te sobra al final de una fila suele servir para empezar la siguiente, y así además aprovechas el material. Encaja cada lama en ángulo con la anterior y bájala hasta que oigas el clic del sistema machihembrado; un golpe seco con el taco de golpeo y el tirón en los extremos cierra las uniones que se resisten.
El acabado y los errores que cuestan dinero
Cuando termines de cubrir el suelo, retira todas las cuñas y coloca los rodapiés clavándolos o pegándolos a la pared, nunca a la tarima. Si los fijas al suelo, anulas la junta de dilatación que tanto te has esforzado en respetar, y vuelves al punto de partida. En las puntas de las puertas y en el paso entre habitaciones, los perfiles de transición de aluminio rematan el trabajo y disimulan los cortes irregulares.
El error más caro no es ninguno de los visibles, sino instalar tarima laminada barata en una cocina o un baño. El laminado de gama media aguanta mal el agua de forma continuada, y una fuga bajo el fregadero hincha las lamas sin remedio. Para zonas húmedas, o eliges una tarima específica resistente al agua, claramente etiquetada como tal, o te ahorras el disgusto y pones gres. En el salón y los dormitorios, en cambio, una tarima flotante bien colocada un fin de semana de junio transforma la habitación por mucho menos de lo que pedirá cualquier instalador, y con la satisfacción añadida de haberlo hecho tú.